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Construyendo una concepción más amplia del ser humano

El ser humano en las organizaciones es la esencia de nuestra responsabilidad.  Más allá de su desempeño y bienestar, la concepción del hombre y el modelo con el cual abordamos su desarrollo y contribución, sugiere para este momento y para la post pandemia, un análisis importante.

Desde una perspectiva antropológica en la acción empresarial,  donde ya se han venido identificado varias dimensiones que configuran la relación del ser humano con la organización, surgirán líneas de intervención con miras a nutrir el modelo que del ser humano se tenga, más aún cuando la pandemia nos ha retado  a modificar algunas de estas dimensiones y por ende a encontrar caminos para capitalizar los aprendizajes logrados.

El ser humano es, en este sentido, un actor social en relación y en acción.  El grado de maniobra que tiene depende en gran medida de los recursos materiales o simbólicos a su alcance gracias a una construcción individual o colectiva. Con ocasión de la pandemia, estos recursos se nutren muy especialmente de lo que este individuo tenga en el hogar, en su contexto más íntimo y familiar, ajeno hasta hace pocos meses al escenario empresarial.

Esta perspectiva antropológica nos habla también de seres humanos en las organizaciones como actores / sujetos enraizados en un espacio-tiempo.  Ese espacio nos remite a la necesidad de establecer un territorio, circunstancia que con ocasión de la exigencia del trabajo remoto, significa a la vez despojo y ganancia.  De igual forma, el concepto tiempo tan unido a una jornada laboral, hoy cede a su concepción más subjetiva y cualitativa, que entra al terreno de la negociación personal con las esferas familiares.  A estas situaciones se suma otro gran reto para la gestión humana, pues al ser las personas en las organizaciones actores / sujetos en busca de significado, la dimensión simbólica y el uso del lenguaje, los mitos y las leyendas organizacionales, serán ahora más que nunca, la sustancia que aglutine una comunidad dispersa espacial y temporalmente.

Antes de la pandemia y a pesar de todas las reflexiones en torno al ser humano como un ser integral, la práctica organizacional nos llevaba a verlo como un ser de alguna manera fragmentado.  El empleado, el ejecutivo, el miembro de familia, el papá, el hijo, el esposo… todos distintos pero siendo la misma persona. El discurso, los recursos y hasta el vestuario, dieron cuenta por muchos años, de un ser humano que según la agenda, adoptaba estos y numerosos roles más. El llamado a centrar la atención en un ser integral, sucumbía ante la necesidad de ejercer un papel preciso so pena de quedar marginado, mal evaluado o cuestionado por superiores, pares y colaboradores.

Este momento vivido a raíz de la pandemia, si algo nos ha mostrado es a un ser humano, portador de identidad.  Por fin alguien integrado, que en la reunión virtual tiene al lado a su hijo, pide un momento para contestar el teléfono fijo donde un familiar lo llama a saludar y que no tiene un mayor interés por mostrar su status.  Hemos presenciado un momento donde ese ser humano se muestra tierno con su hijo, juega con su mascota y se afecta por el ruido de algún electrodoméstico.  La lucha por interpretar un papel a una hora específica ha cedido a la tranquilidad de mostrarnos como realmente somos, dignificando al ser humano en su esencia y en su dimensión antropológica como portador de identidad.

De alguna manera hemos sido responsables por un sistema que hace que el ser humano entre en conflicto consigo mismo, evidenciando esto en un comportamiento demandante, pesimista, buscador de esguinces en la ley y posiblemente agresivo.  No en vano los índices de violencia intrafamiliar psicológica, económica y física, han sido protagonistas en este periodo.  Un ser en lucha consigo mismo y sin herramientas para comprender y aceptarse, es un detonante de cuidado.

Desde las áreas de gestión humana vale la pena repensar la concepción de ser humano que se tiene y que se estimula, así como la reflexión sobre cómo desde la práctica organizacional se abordan todas las dimensiones.  Las acciones de formación y desarrollo, los incentivos y beneficios y los esquemas de evaluación, pasando por el desempeño, la promoción y la asignación de responsabilidades, hoy más que nunca, están llamadas a revisarse.  Un ser humano conciliado consigo mismo y con su realidad, que no luche con roles distintos y que por lo contrario los integre,  más generoso en sus juicios hacia otros y con clara alineación a valores universales de compasión, respeto, generosidad, responsabilidad y compromiso, será el centro de cualquier transformación empresarial.

Hay un aprendizaje en todo esto.  Desde el discurso y desde las prácticas de gestión humana hay un gran camino que recorrer hacia el reconocimiento del ser humano como uno, con luces y sombras, con aciertos y fracasos, con recursos y limitaciones, y entre cada polo, con grises que lo hacen único e irrepetible, valioso en todo caso para la organización.

Sin duda es un llamado a resignificar la concepción del hombre como uno. La oportunidad para ir al rescate de sus dimensiones ocultas o minimizadas en su deseo de crecer profesionalmente. Tal vez un ser humano no tan consumista, más espiritual y generoso con los otros, pero especialmente consigo mismo.  Un ser auto gestionado, optimista y centrado en sus talentos al servicio de los demás.

Ya lo expresaba en 2019 Jean-François Chanlat “Los gerentes en general y los gerentes de recursos humanos en particular deben tomar nota, a fin de devolver todo su lugar a lo humano en las organizaciones, es decir, de ponerlo en el centro, para la felicidad del mayor número. Hoy, es una cuestión de sobrevivencia.”

Por: Margarita María Montoya Molina.  Agosto 2020.